Mi
nombre es Ana Prósper. Soy de Valencia, de la parroquia de Sto Tomás, donde
–desde los 14 años- sigo un camino de formación en la fe en una comunidad
Neocatecumenal.
De
profesión soy física y trabajé como tal de los 22 a los 30 años. Me gustaba mi profesión
y deseaba casarme y tener muchos hijos, pero el Señor tenía otros planes para
mi y poco a poco me lo fue haciendo saber con acontecimientos concretos y
signos que me llevaron a descubrir que me quería para El, que me llamaba a vivir
en virginidad y para servir a la Iglesia.
Esta
llamada –al principio rechazada por mi- fue madurando hasta que gozosamente, en
el año 91, con 31 años, fui enviada por mi Obispo, (siempre a través del Camino
Neocatecumenal), para hacer una misión de evangelización en un barrio
periférico de Caracas, Venezuela, donde ni la policía se atrevía a entrar.
Estuve allí dos años. Luego me enviaron a Filipinas, donde estuve 5 años, y
ahora, desde hace ya 17 años, estoy en un equipo de evangelización en Kenia y
Tanzania, en África.
La
imagen africana que con frecuencia se nos presenta en los medios: países
subdesarrollados, niños pobres y mal vestidos, inmensos barrios de
chabolas,...,etc, es en parte real, pero muy reducida. La realidad africana es
riquísima y compleja. Los países entre sí son tan diferentes como puedan serlo
en Europa España de Suecia.
Tuve
mi primer contacto con la sociedad africana hace mucho tiempo, a los 25 años,
cuando la empresa de geofísica para la que trabajaba, me envió por un breve
tiempo a Nairobi en Kenia. La primera cosa que me llamó la atención fue la
explosión de vida, en las calles y en los campos, y el amor por la vida de sus
moradores.

Podría
hablar de tantas cosas..., pero quiero hacer notar una en particular y es la
situación actual de las grandes ciudades, donde conviven y se entrecruzan la
modernidad y la vida arcaica. La mayor parte de nuestros jóvenes en Kenia y en
Tanzania manejan con destreza internet, el móvil, el whatsapp, la tablet,....
Por el fenómeno de la globalización, su forma de pensar, de vestir, de vivir, es cada vez más similar a la
de los jóvenes europeos o americanos, según sus posibilidades. Junto a ellos
está la abuelita en casa, que sigue viviendo como lo hacían sus antepasados
hace 200 años. Hay entre ellos quien viaja con frecuencia en avión y quién no
ha subido nunca en un ascensor. Es una sociedad de grandes contrastes y a veces
también confusión y desconcierto.
Nuestra
misión en concreto en medio de esta
situación, es intentar que los valores cristianos penetren en la forma de vivir
de las personas. Para ello formamos pequeñas comunidades en las parroquias
donde intentamos transmitir lo que nosotros mismos hemos recibido de la Iglesia.
Vivimos
acogidos por la gente para la que trabajamos, sin ningún sueldo o asignación.
Nuestra vida no siempre es fácil, pero doy gracias a Dios que me concede ser
espectadora de su poder en estas personas. Me consuela mucho ver cómo las
familias son reconstruidas y empiezan a vivir como familias cristianas, en las
que el eje es el amor y no el dinero; cómo la gente sale de la trampa de la brujería
y la superstición que les ha obligado a vivir en el miedo; cómo nuestros
jóvenes aprenden a discernir y seleccionar en la cultura actual lo que les
puede ayudar a vivir y lo que les lleva a la destrucción, cómo muchos de ellos
renuncian a emigrar porque ya no les hace falta, habiendo encontrado en ellos
mismos lo que necesitan.
“El
viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde
va. Así es todo el que nace del
Espíritu” (Jn 3, 8). Desde el día que acepté ponerme en Sus manos, mi vida se
convirtió en una apasionante aventura.












































